|
El
viaje de final de curso había sido ese año a los
Pirineos: la nieve ya se había derretido dejando paso
a una alta hierba verse y fresca. Por eso mismo,
aproveché la tarde libre que nos dieron para ir a un
lugar escondido que tan sólo yo conocía (bueno, la
verdad es que lo había leído en un folleto). Tumbado
bajo un árbol y recostado sobre el verde prado cerré
los ojos y me dormí.
De
repente, alguien me estaba llamando. ¡Era Sandra!. La
chica de la clase de al lado, la que a mí más me
gustaba pero que jamás había sabido decírselo...
estaba impresionante. Llevaba la ropa que más me
gustaba verle: muy ajustada y luciendo un escote que
le marcaba los pechos... y los pezones, joder. Me fijé
en esa parte de su anatomía hasta que la tuve al
lado. ¿Se dio cuenta de mis miradas? Creo que sí y
que no le importó.
Se
sentó cerca de mí y me preguntó qué hacía allí.
Le contesté cualquier tontería y comenzamos a
conversar mientras veía cómo se quitaba la camiseta
y los pantalones; se quedó en bañador ahí, bajo el
Sol. Y yo sin saber qué decir mientras notaba cada
vez que los pantalones me apretaban más. Intenté
reprimir mi erección pensando en otra cosa... pero es
que la tía más buena que había conocido estaba
delante de mí casi desnuda y no podía hacer otra
cosa que imaginarme follándomela.
Le
dije que si estaba tomando el Sol y me contestó que sí.
No había dejado de mirarme mientras se desnudaba. Me
dijo que fuera con ella al Sol, y le hice caso...
cuando me levanté descubrí horrorizado que mi pene
había crecido hasta sus máximas dimensiones y que la
cremallera se me había abierto dejando a la vista
unos calzoncillos que revelaban lo que tenían debajo.
Ella
se rió por lo bajo. Mientras se levantó de su sitio
me miró a los ojos y luego fijó su vista en la
entrepierna, mientras abría la boca levemente y se
humedecía los labios con la lengua... yo por mi parte
le miraba las tetas. Pasó un momento que lo único
que hacíamos era mirar lo más relevante del sexo
opuesto, hasta que ella me miró a los ojos otra vez y
me dijo « Métemela ».
Empezamos
a besarnos y a tocarnos. Metió su mano bajo los
calzoncillos tras haberme desabrochado el pantalón, y
yo por mi parte le acariciaba con la boca los pechos y
con la mano el culo. Por primera vez en mi vida, toqué
un coño ¡estaba mojado! Estaba claro que se había
excitado mirándome la polla, que por cierto ahora noté
que me la estaba chupando tímidamente. Sin darnos
cuenta, nos habíamos desnudado como fruto de la
excitación... mis dieciocho centímetros la esperaban
ansiosamente y ella estaba dispuesta sólo para mí.
Recordé
las mil y una veces que me había masturbado pensando
en ella, las posiciones que había creado en la fantasía
y los gemidos que había imaginado. ¡Ahora era la
oportunidad perfecta para que mis fantasías eróticas
fueran realidad! Estabamos los dos tan cachondos que
haríamos cualquier cosa.
Me
dijo que quería montar a caballo sobre mi « cipote
», así que yo me estiré sobre la hierba que me había
visto dormir y ella se sentó encima de mí
permitiendo que la penetrara. Comenzamos a movernos rítmicamente
disfrutando de todo aquello y de pronto nos dimos
cuenta de algo: no decíamos ni mu. Le dije que porqué
estábamos tan callados si nadie nos iba a ver o
escuchar, y ella me contestó que era verdad. Así que
volvimos a la carga con más fuerza que nunca y
gimiendo de una forma que hubiera provocado aludes. No
recuerdo haber gritado tanto nunca.
De
golpe, Sandra se levantó. Chorreaba jugo vaginal de
entre sus piernas y noté como mi pene quería más,
así que empecé a masturbarme mientras veía como se
puso boca abajo apoyándose en el suelo con las manos
y las rodillas y me dijo que se la metiera por atrás.
Acerté de lleno en el agujero de su coño y seguí
moviéndome ahí dentro. Ahora tuve la oportunidad de
acariciar su clítoris y hacerla tener un orgasmo, a
lo que siguieron una serie de espasmos y un exuberante
aumento de sus gemidos de placer. Yo noté que iba a
eyacular dentro de poco y le grité « ya me viene, ya
me viene ». En el último momento ella se separó de
mí y me dijo que todavía era demasiado pronto, que
quería más.
Me
miré el pene, y lo vi tan mojado que parecía que ya
me había corrido... pero detuve el impulso que me
forzaba a cogérmelo y masturbarme para pensar como
ella: mejor disfrutar un rato más. Le dije que me
molaba mucho, y ella me contestó que yo también le
molaba a ella. Nos contamos nuestras intimidades, y
descubrí que ella también se masturbaba pensando en
mí. Ni los cinco minutos que pasamos hablando y poniéndonos
todavía más cachondos con nuestras confesiones no
fueron suficientes para que se me arrugara... « Yo ya
no aguanto más », le dije. Así que ella se estiró
sobre el suelo y se abrió de patas enseñándome un
coño todavía lleno de jugo.
No
lo pude evitar: se lo chupé. Tantas veces lo había
visto en las pelis porno que no me resistí. Le metí
la lengua en la vagina, tragué su dulce substancia,
acaricié con los dedos todo su aparato genital... y
ella me imitó a su turno chupándome el pene otra
vez. ¡No recuerdo haberlo tenido tan duro jamás!. Me
acarició los cojones y me dijo que tenía una polla
muy peluda. De nuevo me chupó el pene... ¡¡Socorro!!
¡¡Casi me corrí en su boca!!. Tuve que sacarlo de
ahí tan rápido como pude, y a pesar del inmenso
esfuerzo que hice por no correrme en la hierba noté
como una minúscula cantidad de semen escapaba de mi
órgano viril.
Ella
se tumbó sobre mí, sin permitir que se la metiera,
para empezar a besarme por todo el cuerpo. Yo le
acaricié con la lengua los pezones y nos hicimos un
beso francés por primera vez (sí, es que hasta
entonces no nos lo habíamos dado). Entonces, se separó
un poco de mí. Se levantó, se miró las tetas, y
luego miró mi polla... « ¿Qué vas a hacer? », le
pregunté. Me respondió con la mirada: iba a hacerme
algo definitivo. Y lo hizo. ¡Ni en mis más calientes
fantasías había imaginado lo que iba a hacerme! Se
separó un poco las tetas, en la rajita que quedaba
entre las dos alojó mi pene, y volvió a dejarse las
tetas en su sitio. Empezó a moverse de forma que noté
como me estaba masturbando...
Yo
gemía y gritaba de gusto. Le dije de todo, que me ponía
cachondo, que la quería... de repente, noté cómo
estaba a punto de correrme ahí, entre sus tetas. Le
dije que ya me venía, que estaba a punto... justo en
el momento en que noté como el semen empezaba a subir
por mi miembro erecto paró en seco y se sonrió otra
vez con esa sonrisa suya tan excitante. Otra vez tuve
que hacer un esfuerzo sobrehumano para evitar el
orgasmo fuera de lugar. Le dije que ya no podía
aguantar más, que ahora sí que no sería capaz de
estar un momento sin correrme... y ella me respondió
agarrándome la polla para masturbarme. Agitó la mano
con el que lo cogía arriba y abajo a gran velocidad,
mientras que con la otra mano apretaba levemente la
parte inferior del conducto del semen que hay en la
parte posterior del pene. Aguantar tanto gusto era
superior a mis fuerzas, por lo que acabé por correrme
llenando todos los alrededores de semen caliente.
Fue
el mejor orgasmo de mi vida. Vi como el semen no era
viscoso, sino casi líquido... sin duda, a causa de la
gran cantidad de veces que había ido atrás y
adelante en su camino. Estaba lleno de burbujitas. ¡Pero
no había sido dentro de su coño! Eso me frustró un
poco. Mientras se me arrugaba se lo dije, y ella me
dijo que por qué no. Yo le expliqué que después de
correrme ya no se me ponía dura hasta un par de horas
más tarde y que me sabía mal no poder seguir. «
Pues yo quiero seguir », me contestó. Cuando el tamaño
de mi miembro era menos de la mitad de lo que había
sido hasta hacía unos momentos, me lo volvió a coger
y lo restregó por su húmeda vagina. Comenzó a
masturbarme otra vez y a metérsela en la boca,
mientras yo veía (y notaba) como se me volvía a
empinar más y más... nunca me había pasado.
Noté
una especie de fuego que me corría por dentro de la
polla, pero la sensación se me pasó cuando se la
volví a meter. Ella se tumbó en el suelo y yo
encima. Comenzamos a follar todavía más
apasionadamente que antes. ¡Los gemidos debían
escucharse desde el hotel!. Noté como su vagina seguía
segregando jugo porque se me estaban mojando todos los
pelos de la entrepierna, y yo no sabía como iba a
terminar aquello. ¡Estaba pasando algo increíble! ¡Me
iba a correr otra vez! Vi como ella también iba a
tener otro orgasmo porque se estaba poniendo más y más
cachonda. Hasta tal punto que sacó sus piernas de
debajo de mi y las cerró por encima de mí, de forma
que casi estábamos encajados.
No
puedo mentir: me corrí enseguida del gustazo que me
estaba pegando. Chillé de tal forma que un grillo que
hasta entonces no se había callado se cayó. Cuando
tuve el orgasmo me quedé paralizado y ella también,
disfrutando del momento. El primero en reaccionar fui
yo, cuando caí en la cuenta que mi miembro se había
arrugado metido en su coñito jugoso. Le dije que la
quería, y ella me contestó lo mismo.
La
miré. Estábamos los dos con la boca seca y el cuerpo
sudado, empapado mejor dicho. Nos volvimos a vestir
entre besos, arrumacos, palabras de amor y noche
(porque había oscurecido ya). Regresamos al hotel los
dos juntos y antes de separarnos para ir a nuestras
habitaciones caímos en la cuenta de que yo no me había
puesto condón para hacerlo... ¡vaya faena! |