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EXPERIENCIA LESBICA |
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Lo que pasó hoy me tiene
aterrada, aún no puedo creerlo. Cuando eran casi las 10 de la mañana
salí al mirador, tenía aún mucho sueño y no vi gran cosa; se notaba
que en la mayoría de las casas estaban haciendo oficio y todo eso, no
me importó, le eché un vistazo a la Casa Alegría y estaba totalmente
cerrada. Parecía que estuviera sola, recordé la charla con Diana y su
encuentro fugaz y efectivo con Laura; se me quedó rondando la figura ceñida,
que se destacaba de su cuerpo gracias a la escasa pijamita, y me puse a
pensar en lo que sería un encuentro con ella, más bien me imaginé
todos los orgasmos que experimentaría. Me atrajo un poco la idea.
Me bañé y me vestí, tenía un descaderado y una blusita, la misma con la que había acompañado a Diana a comprar las cosas para la vivida fiesta. Salí a la tienda y cuando volví encontré, en la puerta de su casa, al pijama ceñido y, dentro de ella, a Diana mirándome; fui y la saludé, me quedé mirándole los ojos, la boca, luego hacia abajo; le pregunté cómo estaba, cómo había seguido, cómo había continuado todo y cómo había amanecido, todo de una; ella sólo me dijo que entrara y que pusiera cuidado con lo que pisaba; me reí por su comentario. Le pregunté por el resto de los partícipes en la vivida orgía y me dijo que sólo estaba ella, no me explicó el porqué. Subimos. Le pregunté a dónde íbamos y me respondió que a su cuarto preferido. Nos sentamos en una cama muy bajita, la que yo suponía era un colchón, prendió el TV y pasamos de canal en canal. Empezó una charla interesante, me explicó la forma en la que se había iniciado en el bisexualismo, pero no respondía a mi constante pregunta del por qué era tan aclamada. Siempre me decía que no sabía cómo explicármelo, más bien podría entenderlo sólo si lo vivía. Fue ahí cuando me preguntó si me gustaría algún día estar con una mujer. No supe qué responder, se me perdió la mirada y me puse nerviosa, la oferta era bastante tentadora: una chica hermosa, las dos solas en casa, unos rumores muy llamativos acerca de sus cualidades libidinosas, en verdad muchas ventajas. Ella tal vez se dio cuenta de mis pensamientos porque se aprovechó de mi estado y de la situación. Me tomó la cara, me hizo mirarla y me dijo que no pasaría nada, que me tranquilizara; acercó su boca a la mía y a unos milímetros abrió los ojos, encontrándose con mi mirada hecha todo asombro; al juntar sus labios con los míos cerró los ojos tan tiernamente que yo hice lo mismo. Me había dado un beso. Nos rebotaron suavemente los labios, volvimos a darnos otro "resortazo", tal vez igual o más suave que el anterior. Eso fue el preámbulo, ahí Diana me tomó la cintura y el cabello y empezó a besarme apasionadamente. Mi mente estaba confundida, me encantaban sus besos, tenía una destreza sin igual con la lengua y me hacía mover la mía con cualidades que ni yo me conocía. Empecé a mover la cabeza, ella clavaba sus dedos en mi cabello, sentía su mano caliente al contacto y luego fría, debido a que hacía poco me había bañado. Me acariciaba la cintura, trataba de subir la mano, pero se devolvía, eso me empezó a calmar y me fui excitando. Cuando empezaba a subir la mano yo me agachaba, de modo que llegaba hasta donde no tenía planeado, me apretaba y se devolvía. La mano en mi cabello se fue hasta la mejilla. Con el pulgar me acariciaba cerca de la boca y regresaba al cabello. Me soltó de repente, cruzó sus manos y se tomó la camisetilla de la parte de abajo; se la iba a jalar hacia arriba para quitársela, pero la detuve y le dije que me dejara hacerlo a mí, se sorprendió por mi orden tan explícita y me tomó, con ambas manos, de la cintura. Nos habíamos corrido un poquito hacia atrás -o sea, acercándonos al centro de la cama-, ella estaba de rodillas y yo sentada; abrió las piernas y se suspendió sobre las mías, me tomó de la cintura y yo de la parte baja de su espalda, debajo de su blusita. Me acercó, de nuevo, los labios y cerró los ojos si tocarlos aún, pero esta vez me hice para atrás; ella abrió los ojos y miró que yo tomaba sus manos y la atraía hacia mí, yo me había corrido bien hacia atrás y cuando me sentí bien, aún sosteniéndola de las manos, la atraje y la besé; me acosté y ella sobre mí. Ahora acariciaba mi cintura y subía hasta tocarme el sostén por la tela de abajo, casi en el alambre, y se devolvía; yo me estaba excitando demasiado, pero tal vez no dejé que ella me llevara como quisiera porque notaba su cara de asombro y placer a la vez; ella nunca se imaginó que yo iba a hacer algunas cosas por mi propia iniciativa, supuso que todo lo dirigiría ella, pero no fue así, hasta ahora yo había seleccionado la pose en que estábamos y las caricias que nos brindábamos. Esto me dio más seguridad para continuar con esa locura y, de hecho, así lo hice. Mientras ella, en cada nueva caricia por mi cintura, subía un milímetro más al sostén, yo descubrí su espalda suave y libre, al fin y al cabo, ella sólo llevaba dos prendas puestas, y empecé a tocarla ampliamente; luego llevaba mis manos desde abajo hacia arriba y allí las llevaba hacia el exterior, volteando los pulgares, dirigiéndolos hacia abajo, de modo que tocaran la parte exterior de sus senos, pero sin acercarme siquiera un poco a los pezones. Se dio cuenta de que aún no iba a tocarle los pezones, entonces, cuando sentía mis manos arriba de su espalda a punto de irse al exterior para sacar los pulgares y empezar con el juego, me moví a los lados haciendo que llegara hasta casi la aureola. Ella empezó a gemir muy silenciosamente y a veces abría los ojos para mirar mi expresión, dejaba de besarme y me lamía el cuello y las orejas, las mejillas, cerca de la boca... Eso también me excitó a mí: el que no me besara, sino que me dejara iniciada. A veces, en medio de eso, yo sentía su boca tan cerca a la mía que la abría esperando sentir su lengua o al menos sus labios, pero se devolvía; la única manera de volverla a besar era cuando, en vez de subir mis manos por la parte central de su espalda, las subía sobre el ombligo y, a punto de tocar sus senos, volteaba mis manos rozándolos por debajo y llegando de nuevo a la espalda, esto hacía que ella gimiera, se desconcentrara y entonces yo volvía a besarla. Mientras tanto ella había aumentado tanto el espacio de mi cintura a mi sostén que ya me tocaba el seno por encima de éste completamente. Cuando me percaté de esto y de que con escasas dos o tres veces más haciendo esto lo bajaría, la tomé de la cintura y esperé a que sus manos llegaran al sostén para apretarla con fuerza, jalarla hacia abajo y hacer que ella me apretara sin haber llegado aún ni a la mitad del sostén. Efectivamente eso sucedió, se sorprendió mucho de la forma en que, con movimientos y juegos de manos, yo controlara toda su actuación. Bajé mis manos y le bajé unos centímetros el pantalón, luego la acaricié con media mano por encima de éste y le metí el dedo meñique hasta sentir la rayita de su trasero, devolviéndome y llegando, en movimientos rápidos, alrededor de los senos. Diana gemía con la boca cerrada, ya que la mayoría del tiempo me besaba en la boca o en los sitios cercanos; ya estaba tocando mis senos por encima del sostén sin decidirse aún a bajarlo, cuando, en vez de llevar mis manos al juego con su trasero o los senos, le quité lentamente la blusa hasta la mitad de su espalda e hice que nos separáramos para empujarla suavemente, de modo que se volteara y fuera yo quién quedara sobre ella. Aceptó sin ningún problema, me tomó de la cabeza para que nos volviéramos a besar, pero yo opuse resistencia; tome su mano y, con la otra, le tomé la cintura mientras besaba su ombligo; empecé a subir; sentía cómo apretaba mi mano cuando experimentaba un beso distinto en cada milímetro de su cintura y cuando estuve a punto de soltarla para quitarle la blusa más rápidamente, me apretó fuerte y no se dejó quitar la blusa como yo pensaba hacerlo. Mientras subía mi boca a una velocidad muy lenta por encima de su ombligo, subí repentinamente la mano que tenía libre y le toqué el pezón. Ella no se lo esperaba, dio un gemido muy fuerte que hizo que me acelerara a llegar hasta sus senos. Al llegar los besé por debajo, sintiendo que sus gemidos subían en volumen y aumentaban en velocidad, su mano apretó la mía muy fuerte y fue ahí cuando, con mi lengua, sentí su duro, erecto e imponente pezón; gritó de placer, había llegado a su primer orgasmo; soltó mi mano y me tomó de la cabeza. Yo jugueteé con mi lengua en sus senos por unos segundos. Mientras sentía que aún estaba tensa, tuvo un orgasmo de casi 4 segundos que, cuando acabó, la llevó a tomarme la cabeza fuertemente y llevarla hasta la suya, donde me besó, al principio, violentamente y, luego, con una ternura mayor incluso que con la que me dio el primer beso. Se separó un poco y se quedó mirándome. Le quité la blusa del todo y, por fin, pude ver sus senos muy bien, ni muy cerca como en el orgasmo anterior, ni muy lejos como en la noche anterior. Me agaché y les seguí dando besitos; era genial, Diana acercó mi oído a su boca y empezó a besarlo: -Eres increíble, no sabes cuánto esperé por esto. Y seguía con su juego de besar, lamer y susurrar. -Después de esto no te me vas, ya eres mía, no voy a dejar que te vayas; no sabes cómo te quiero. Decía todo esto en medio de un juego de manos muy conveniente, excitante y constante sobre mi cintura, hasta que, en un movimiento planeado y rápido, me quitó, con mucha habilidad, la blusa y me abrazó, desabrochándome el sostén, deslizando las manos sobre los hombros y bajando suavemente las tiras hasta despojarme de él. Empezó con un suave masaje en la parte exterior de los senos para luego irse desplazando en círculos hacia el centro, llegando a la aureola y, finalmente, al pezón, que dio un respingo al sentir el contacto de la suave yema de sus dedos y los suaves y precisos pellizcos que Diana me daba con toda perfección. Nos sentamos y luego nos arrodillamos una frente a la otra. Seguimos besándonos y desnudándonos, ahora sin camisas; sólo restaba su pantaloncito y todo lo demás que yo tenía puesto encima. Fue muy fácil, ella es una mujer y, al igual que yo, sabía quitarme con gran destreza el descaderado, a pesar de que era estrecho. Por mi parte no tuve inconveniente alguno..., al fin y al cabo, lo suyo era una pijama que estiraba demasiado y de por sí era ancha. Cuando nos encontramos totalmente desnudas, dejó de besarme la cara y las zonas cercanas, empezando a bajar. Como estábamos arrodilladas, la posición, al intentar bajar, era incómoda, así que me acostó y se tendió sobre mí con total libertad sobre mi cuerpo. Era increíble la forma en que me tocaba, inesperadamente saltaba, rozaba y exploraba partes distintas y hasta lejanas de mi piel, manteniéndome a la expectativa de sus movimientos y excitándome con una rapidez y de una manera que jamás había vivido. Cuando llegó a los pezones, una de sus partes preferidas después de la boca, se tomó el tiempo necesario como para disponerme a su entera voluntad. Las caricias, los besos y la maestría con que los estimulaba producía que yo me mantuviese en un trance tan especial e hipnotizante que luego le permitiese a ella hacerme prácticamente lo que quisiera. Tal vez ese era su fin, yo nunca había estado con una mujer. Ella suponía mi asombro e inteligentemente manejó la situación de modo que me relajase completamente y me pusiera a su entera disposición, cosa bastante fácil con las caricias que me estaba dando; de hecho, lo había logrado sólo con los besos con que esa chica electrizante había iniciado toda esta locura. Al llegar al ombligo hizo un pequeño paréntesis, me daba suaves besitos alrededor, se acercaba con la boca y la punta de los dedos, incluso a veces sentía su aliento ahí, pero se encargó de no tocarlo nunca. Eso me hizo reaccionar, la tomé de la cabeza, le apreté las manos y las solté de repente; empecé a mover las piernas, a empuñar las manos y, después de unos minutos, bajó rápidamente a mi vagina, bastante mojada, e introdujo, primero, la punta de la nariz hasta empujarme el clítoris, punto en que perdí el control, arqueando la espalda y gimiendo notoriamente; luego sentí la ligereza con que movía su lengua por mis labios vaginales; luego el clítoris. Sentía la suavidad y la perfección con que usaba sus dientes cuando me apretaba con sus labios el clítoris, cuando me hacía retener la respiración gracias a sus insistentes juegos de lengua sobre esas zonas. Todo, de ahí en adelante, fue muy intenso. Luego de sentir la copiosa experiencia y majestuosidad con que me había excitado más y más en mi mayor zona erógena, exploté en un orgasmo sin igual. Diana no cesaba sus estimulaciones, ni siquiera cuando yo estaba en el momento cumbre; me hizo desesperarme aún más y sentir el mejor orgasmo de mi vida. Después de sentir esa sensación: un orgasmo sin igual, intenso, largo, casi penetrante, me paré petrificada en la cama, abriendo los ojos por nimios instantes, tratando de regresar a la normalidad con que había entrado a esa casa; oí el ruido del televisor, que nunca apagamos, muy bajo; terminé bien de abrir los ojos y examiné el techo; moví los ojos como sintiéndome en un lugar extraño, examinando algo que no hubiera notado, pensando, analizando, comprendiendo lo sucedido... para ver si había sido cierto, para justificarme ante mí misma por lo que había hecho, ¡había sentido el mayor placer del mundo en medio del sexo con una chica!. Antes no lo hubiera aceptado, me hubiera negado tildándolo de mil maneras, pero debía reconocer que no me arrepentía, sin embargo, tampoco podía comprenderlo del todo. Luego de pensar las cosas por pequeños instantes, sentí a Diana a mi lado mirándome; puso su mano en mi cintura y se acercó para besarme. Me senté antes de que lo hiciera: -¿Dónde está mi ropa? Cuando vio que decididamente yo había empezado a vestirme, otra vez se puso a mi lado y me dijo que no me fuera, que mirase y que, al menos, le explicara qué me pasaba. Yo no podía hacer nada de lo que ella me pedía, no tenía ni idea del motivo que me hacía sentir así, de modo que terminé de vestirme y me fui. Diana nunca me persiguió. Por una de las ventanas, que reflejaba lo que había dentro de la habitación, noté que se quedó mirándome hasta que me perdí de su vista y no sé lo que hizo después. Yo tenía un mar de confusiones en mi mente, ni siquiera sabía en qué empezar a pensar. Obviamente la volvería a ver, no sabía si era una ventaja o desventaja vivir frente a su casa. |